Sólo una Noche
Era una tarde lluviosa; él caminada por el centro de la ciudad, llevaba una gabardina negra que acentuaba su esbelta figura, de su negro ondulado cabello se desprendían cristales que explotaban en millones al estrellarse contra el piso.
De pronto sus pies se encontraron con una escalinata y un portón del cual se inhalaba un fresco aroma a tierra mojada, subió la escalera hasta llegar a un jardín con árboles que parecían milenarios, observó estatuas de santos o mártires en cuyos rostros tallados se reflejaban las torturas y demonios internos que los aprisionaban dentro de su propia fe;... un débil sollozo llamó sus atención, buscó la fuente de ese llanto; en un rincón la encontró sentada en una banca, de frágil cuerpo cubierto apenas por una capa de terciopelo; enredado en su cuello cabello serpenteando a punto de arrebatarle la vida… se acercó sigilosamente.
-¿Te encuentras bien?, ¿Te puedo ayudar en algo?- Dijo tímidamente.
Ella alzó la vista en mudos labios, con mirada vacía y atemporal; dejándolo atrapado en la oscuridad de visiones ajenas... un escalofrío sacudió su cuerpo regresándolo a su agonía.
Ella sólo había dejado su ausencia y una hoja en la que se leían las siguientes líneas:
"Llamé al cielo y no me oyó... pues si sus puertas me cierra, de mis pasos en la tierra, responde el cielo y no yo."
Conservó las líneas y emprendió la búsqueda de aquella ausencia hasta llegar a una oscura iglesia por gárgolas custodiada cuya presencia lanzaba una advertencia a no olvidar su juramento contra aquél que le quitara aquello que tanto amara; una lágrima se mezcló con la lluvia al descender por su mejilla.
Dio el primer paso por la pérdida de su alma hacia un camino inconcluso; cruzando la antesala de idolatría encontró pequeños nichos que servían de refugio a no menos pequeños ídolos erguidos majestuosamente en la paredes, iluminados por tenues luces de cirios, un inmenso cristo negro crucificado en el altar llamó su atención, la madera de la pesada cruz que lo sostenía parecía de tiempos inmemorables, el mar rojo fluía en surcos creados por aquella corona, la mirada agónica del crucificado por momentos retante insultó su dolor. Desvió su mirada tratando de buscar el refugio de aquella sombra que llamara su atención. De pronto el altar se iluminó, era un monaguillo que se disponía a preparar el altar para la misa. La llegada de los feligreses apresuró su salida.
Las solitarias calles habían sido ya conquistadas por las sombras nocturnas apenas disueltas por los faroles recién encendidos que guiaron su pesado camino
Al llegar a casa atravesó un oscuro patio, lo paralizó la certeza de que algo…o alguien lo esperaba; vano pensamiento, ya nadie habría podido permanecer ahí para soportar el frenesí en el que se había sumergido después de la muerte de Beatriz.
Abrió cautelosamente la puerta, se apresuró a encender una lámpara y verificar la estancia en busca de algo desconocido.
Encendió la chimenea, se sirvió una copa, su mirada se clavó en la del retrato de su amada de la cual observó una lágrima brotar quedando suspendida en el cristal, no era una alucinación la imagen estaba llorando, una mano acarició su mejilla, y la suave canción que cantara Beatriz se apoderó del silencio, el agudo dolor de la copa colapsada en su mano lo hizo reaccionar, las gotas de sangre comenzaron a teñir el piso de carmín, su pañuelo impidió que la sangre siguiera brotando, de pronto la puerta se abrió con fuerza, una fría corriente heló la habitación; desesperadamente buscó en todas direcciones al causante encontrando una figura femenina con esencia a gardenias sentada junto al fuego.
Caminó hacia ella, hasta tenerla frente sí; y aquella mirada atemporal de sombríos ojos lo volvió a atrapar en su oscuridad… sólo bastó una frase para hacerlo reaccionar…
-Sólo una noche…-Dijo la mujer.
-Te vi en el jardín; estabas llorando… ¿Cómo entraste aquí? –Dijo temeroso.
-Sólo una noche…-Repitió
Él la miraba sin hallar sentido a las palabras, y con inciertos pasos recorrió la habitación.
-¿Sólo un anoche? ¿Qué quieres decir, qué quieres de mí?
-Sólo un anoche con Beatriz- Dijo la mujer sin quitar la mirada del fuego.
-¡¿Quién eres?!- dijo sobresaltado.
-Soy quién te dará esa última noche; soy el vacío de tu alma que se niega a existir sin ella.
-¡Beatriz está muerta, nadie la puede despertar de su sueño, por piedad no me tortures!
-¿Estás seguro de su muerte?
-No comprendo tus palabras
-¿Acaso Beatriz está muerta cada noche que compartes su lecho?
Sus piernas se paralizaron sin poder dar un paso más.
-¿Acaso sientes su aliento muerto al besarla? ¿Sientes el frío de su piel al tocarla? ¿Acaso no escuchas sus dulces palabras musitadas?
Sus piernas desistieron dejándolo caer en plena agonía de ira y dolor, dando paso un llanto incontenible.
-¿Acaso has dejado de sentirla estremecer entre tus brazos? ¿Acaso su cabello a perdido su aroma, sus labios su dulzura?
-¡Yo la amo!-Dijo llorando levantando poco a poco la mirada en acto de súplica.
-Y yo ofrezco sólo una noche…
-¿A cambio de que?- dijo ansioso.
-Del fin de tu locura.
-No te entiendo.
-Anhelo nuestro fin, ya no nos torturemos más ambos deseamos nuestra muerte.
En sus miradas se reflejaba el mismo dolor que los hacía el mismo ser.
-No se quién eres ni de donde vienes, y no me importa quién te envío, a cambio te daría mi vida, mi alma, cada gota de mi sangre sólo por una noche más para estar con ella.
-Entonces ve; te espera.-dijo con sonrisa maligna.
El fuego de la chimenea comenzó a danzar furiosamente. En el exterior el aire atraía lamentos de almas extraviadas, una tormenta se desató furiosamente, la mujer empezó a bailar al ritmo de la canción de Beatriz que de pronto se hizo escuchar por toda la casa.
La derrota que por poco lo terminara de destruir lo abandonó, se levantó rápidamente subiendo las escaleras hasta llegar a la habitación de su amada.
Al abrir la puerta un extraño aroma enrareció el ambiente, un profundo olor a muerte se albergó en sus pulmones, cada relámpago que iluminaba la habitación dibujaba una extraña figura recostada en la cama, una mujer con vestido blanco y manos cruzadas sobre el pecho… No, no era una mujer, era el cadáver de Beatriz al cual él le había negado el descanso en campo santo, era el frío ser al cual había amado cada noche en la oscuridad, esa visión le hizo desviar la mirada con asco, se refugió en un rincón de la habitación ¿Qué era lo que había hecho? Trato de escapar horrorizado por tales actos de demencia, pero la puerta no cedió, la melodía de Beatriz se escuchaba a cada momento más fuerte y clara.
-¡Amor mío!- dijo una voz en la habitación.
Era la voz de Beatriz, no había duda, está vez era real.
Se acercó a la cama viendo fijamente al ser tendido frente a él, sus ojos permanecían cerrados, un tanto hinchados, su piel grisácea y fría. No pudo más, su amor era más fuerte que su razón, se recostó a su lado, pudo percibir el suave aroma a jazmín que desprendía aquel cabello sin vida, acarició sus mejillas que ya no sentía frías, beso delicadamente sus labios recorriendo su cuello, hasta encontrarse en su pecho el cual lleno de caricias, acaricio su vientre, besó sus piernas, poco a poco comenzó a desprenderse de su ropa, una suave y tibia mano acaricio su cabeza… al levantar la vista vio los ojos de Beatriz abiertos, en sus labios dibujada una sonrisa, lentamente ese frío ser se lleno de calor y vida.
La tormenta comenzó a ceder, esos dos seres, esas almas gemelas juntaron sus labios, se llenaron de caricias y juramentos de amor eterno, la sintió de nuevo temblar entre sus brazos, sintió su cuerpo expandirse entre sus piernas, sus caderas moviéndose al compás de sus deseos, el calor de sus cuerpos encendía aún más sus ansias, el gemir de su amante lo excitaba cada vez más; hicieron el amor entregándose una y otra vez por completo a sus pasiones… sólo por una noche.
Después del último espasmo de placer Beatriz sucumbió de nuevo al sueño, su tibio ser abrió de nuevo el paso a su nuevo amante… la muerte.
-¡Beatriz, no me dejes nuevamente!- gritó encolerizado- Ya no soy capaz de enfrentar esta vida sin ti… ¡Llévame contigo! Déjame acompañarte en tu fin.
Sin embargo ella ya no le escuchaba, se encontraba muy lejos de él.
Escuchó un llamado a la puerta, la cual cedió dando paso a un aroma a gardenias, en el cielo se adivinaba el próximo amanecer.
-Sólo un anoche- dijo de nuevo la mujer.
-¿Por qué?, ¿Por qué me la quitaste de nuevo?, ¿¡Que esperas de mí!?
-Que por fin detengas tu locura, que me liberes de tu ser, que nos liberes de la vida que ya no es vida sin ella… que me des paz.
Lentamente camino hacia el tocador, abrió el pequeño cajón que albergaba su revólver, dio una última mirada en el espejo que reflejaba su mirada muerta, se recostó de nuevo junto a su amada dejando caer una última lágrima, colocó el revólver en su pecho, terminado de destruir su corazón, dejando caer su cuerpo, su alma y su locura en el olvido al lado de su por siempre amada Beatriz.
5-Abril-2005.
PGT.
